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En el universo de Gregory Crewdson, hasta la decadencia tiene un director de fotografía. Sus composiciones, lejos de documentar la realidad, la someten a un interrogatorio bajo luces fulgurantes hasta que confiesa su lado perturbador. La retrospectiva que le dedica el Kunstmuseum Bonn es la dosis completa de su particular psicoterapia visual: una inmersión en el lado más oscuro y meticulosamente iluminado del sueño americano. En sus «Single Frame Movies», como él las define, lo familiar se agrieta para dejar escapar lo extraordinario y lo siniestro que reside en la humanidad. En el mundo según Crewdson, incluso el polvo parece posarse por indicación expresa del director. Esta exposición desvela el escrupuloso mecanismo detrás de sus imágenes icónicas, donde la alienación de los barrios residenciales alcanza la categoría de arte mayor.

El Hitchcock de la melancolía suburbana y su escenificación del misterio

Si David Lynch y Edward Hopper hubieran tenido un hijo fotógrafo, probablemente se llamaría Gregory Crewdson. Su proceso creativo es tan titánico como sus obras finales: un ejército de hasta cien personas —iluminadores, escenógrafos, estilistas, actores— se moviliza para construir minuciosamente escenas que parecen arrancadas de un film indie de los noventa. En sus producciones cinematográficas de un solo fotograma, un haz de luz sobrenatural ilumina el jardín de una casa, una mujer flota como una Ofelia del siglo XXI en su salón inundado, un hombre observa el cielo como si esperara una señal divina (o extraterrestre), una chica desconsolada, de espaldas a un taxi y a su maleta apoyada en el asfalto, permanece inmóvil bajo la lluvia sin atreverse a andar hacia la casa.

Con unas setenta obras de gran formato donde lo cotidiano se vuelve sospechoso y el vacío adopta formas impecables, el Kunstmuseum Bonn presenta hasta el 22 de febrero de 2026 una antología completa del fotógrafo neoyorquino, maestro de la narrativa congelada con capacidad para subvertir el sueño americano en una pesadilla de una belleza estremecedora. Sus fotografías son trampas. Crewdson no captura un momento, lo construye con el esmero de un relojero suizo y el presupuesto de un blockbuster. El resultado es un campo de minas narrativo.

Pero no hay que dejarse engañar por la escala hollywoodiense. El verdadero protagonista aquí es el vacío. Los personajes crewdsonianos, a menudo interpretados por figuras como Julianne Moore o Tilda Swinton, no hacen nada. Están suspendidos en un limbo emocional, paralizados por una melancolía que es a la vez personal y colectiva: una mujer detenida junto a su carrito de la compra a dos pasos de su ranchera, tres adolescentes congelados sobre sus bicicletas en medio de la carretera o de pie, en las vías del tren… Más que contarnos una historia, Crewdson nos traslada al instante preciso en que la trama se quiebra y los personajes se quedan sin guion. Es el gran cronista de la desconexión, del lado B del American way of life.

De la psique al paisaje: la evolución de un obseso

La muestra es un viaje espléndido por las obsesiones de Crewdson. Desde sus «Early Works» de los ochenta, donde ya acechaba lo extraño en los interiores domésticos, pasando por la inquietante taxidermia de «Natural Wonder», hasta la trilogía más reciente y visceral —«Cathedral of the Pines», «An Eclipse of Moths» y «Eveningside»— que abraza el declive económico y social de la América posindustrial.

En ella, el artista abandona cierta grandilometría para adentrarse en un territorio más íntimo y personal en el que los paisajes renuncian a su calidad de escenario para tornarse en heridas lacerantes. La luz, con su presencia propia, ya no es la de un foco de cine, sino la fría y difusa de la realidad. Es en esta etapa donde Crewdson se revela como un técnico brillante y un realista descarnado que fotografía el alma de un país desencantado, donde las polillas (como sus ciudadanos) se agolpan alrededor de las farolas rotas, en busca de una luz que se desvaneció súbitamente en la oscuridad.

Al final, la genialidad de Crewdson reside en el silencio del enigma que protege. Cada foto es un artefacto de alta ingeniería narrativa que conduce a los suburbios de su mente. Esos microrrelatos visuales se articulan como preguntas rigurosamente orquestadas que carecen de explicación. Su arte de no decir (y decirlo todo) obliga al espectador a completar la historia, a inventar el antes y el después, a proyectar sus propias ansiedades en los escenarios estáticos del artista. Crewdson es un ventrílocuo de nuestras neurosis y nos sirve en bandeja una sesión de psicoanálisis colectivo, un espejo deformante y glorioso de nuestras vidas mediocres e inmóviles.

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