«Claroscuro»: la Colección Pinault se atreve con la oscuridad
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La Bourse de Commerce de París abraza la paradoja de montar una exposición dedicada a la sombra en un edificio coronado por una cúpula de cristal. Con «Clair-obscur», disponible hasta agosto, la tradición de Caravaggio o Goya aparece como un punto de partida que se disuelve en prácticas contemporáneas donde la luz deja ver tanto como desestabiliza. La muestra reúne un centenar de piezas de la Colección Pinault que dialogan con el legado del tenebrismo barroco desde una sensibilidad radicalmente actual.
Chiaroscuro, descenso organizado hacia la penumbra
La apuesta curatorial de Emma Lavigne toma la noción de contemporaneidad de Giorgio Agamben como la capacidad de percibir la oscuridad de una época en lugar de su luz. El recorrido se articula como una secuencia de atmósferas. La Rotonda, corazón del edificio, acoge la obra Camata de Pierre Huyghe. En la enorme pantalla, brazos robóticos movidos por inteligencia artificial ejecutan una danza funeraria alrededor de un esqueleto humano hallado en el desierto de Atacama. El espectador presencia un intercambio simbólico donde la tecnología avanzada parece rendir culto a los restos de una vida extinguida.
La tensión se prolonga en el Salon con Byars Is Elephant (1997). James Lee Byars construye una tumba metafórica con cuerda de pelo de camello, rosas disecadas y oro faraónico, el último gesto del artista antes de morir en El Cairo. La combinación resulta más tierna que mórbida: un mausoleo que rechaza la solemnidad. En la sala contigua, las superficies alquímicas de Sigmar Polke —resina, pigmento, pólvora— funden la pintura en un espejo líquido donde el pasado asoma como un fantasma. El recorrido desciende hacia las profundidades del edificio, donde el espíritu de Goya y sus Pinturas negras resuenan con fuerza. El cineasta Philippe Parreno recrea la atmósfera asfixiante de la Quinta del Sordo, utilizando una iluminación rasante que descompone la imagen, reduciéndola a polvo en suspensión y a una materia sonora inestable.
Esta misma fragilidad se desplaza a las vitrinas de Laura Lamiel a lo largo del Passage. Sus instalaciones, compuestas por objetos cotidianos como zapatos de niño o ladrillos esmaltados, parecen atrapadas en un murmullo visual que remite a una percepción residual de lo real. En la primera planta, la galería dedicada a Victor Man intensifica el clima nocturno. Sus figuras verdosas emergen de la oscuridad como si rehuyeran ser vistas. La luz apenas roza las superficies de estos titiriteros o santos penitentes ejecutados con precisión simbolista. Los rayos teatrales de Caravaggio y los negros goyescos encuentran en los cuadros de Man extraños compañeros de cama.
La lucidez de mirar en la sombra
Las galerías superiores conforman un gabinete de trauma de posguerra. Los bronces híbridos de Germaine Richier, las figuras aparicionales de Alberto Giacometti o el Monsieur Macadam de Jean Dubuffet, nacidos de los escombros de la Segunda Guerra Mundial, evidencian una humanidad precaria. 3 Heads Fountain (2005) de Bruce Nauman dilata esa descomposición del cuerpo en el espacio. Tres rostros masculinos idénticos, cicatrizados y perforados se suspenden sobre una cubeta de agua. Nauman reduce el cuerpo a un colador por el que entra y sale el agua, la vida, la muerte.
En la recta final, la instalación Fire Woman (2024) de Bill Viola ocupa un muro entero con su verticalidad litúrgica. En esta silueta femenina frente a un muro de llamas que consume la pantalla, Viola describe el paso de la vida a la muerte como una transformación de la materia en luz. Cuando la mujer se desploma en su propio reflejo, el fuego transmuta en una superficie líquida de ondas doradas y negras. Si Viola disuelve el cuerpo en un resplandor, Tillmans lo borra del todo. En sus paisajes celestiales no hay figuras, solo franjas de penumbra donde el día y la noche se funden en una materia única.
El planteamiento de «Clair-obscur» es intelectualmente ambicioso. Rastreando el legado del claroscuro no como recurso técnico sino como lenguaje simbólico, dispositivo narrativo y principio filosófico de raíz agambeniana, Lavigne logra que muchas obras —Huyghe, Polke, Lamiel, Viola— resuenen con esa profundidad conceptual, convirtiendo la luz y la sombra en una cuestión ontológica sobre la visibilidad y sus límites.
Pero no todas sostienen ese peso. Y eso es comprensible: veinticinco artistas, un centenar de obras. Algunas están por afinidad atmosférica más que por necesidad estructural. El riesgo de estas grandes exhibiciones temáticas es siempre el mismo: que la hipótesis inicial termine funcionando como un paraguas generoso bajo el cual caben numerosas creaciones, pero no todas laten con la misma intensidad. Con todo, «Clair-obscur» propone, en definitiva, mirar el presente desde su propia opacidad.
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