El Tanztheater Wuppertal Pina Bausch baila sobre los escombros de Palermo Palermo
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Eminentemente teatral y concebida a finales de los ochenta en una Sicilia asolada por las heridas de la mafia, la pobreza y una profunda devoción religiosa, Palermo Palermo sirvió a Pina Bausch para transformar el trauma de una ciudad en una metáfora de la resiliencia. La tensión entre ruina y posibilidad planea sobre buena parte de la obra. Incluso en el caos, la pieza ejecutada por el Tanztheater Wuppertal en el Gran Teatro de Luxemburgo del 21 al 23 de mayo sugiere una forma de vitalidad precaria —entre el agotamiento y la pesadumbre— que, curiosamente, mana de los escombros. En esa ciudad nombrada dos veces como quien llama a alguien que se aleja, la poética de la destrucción se antoja una crónica descarnada del aguante humano, envuelta en una atmósfera densa y polvorienta, donde las campanas resuenan bajo una sensación constante de amenaza, amortiguada por una comicidad desconcertante.
Palermo Palermo, un paisaje en descomposición
Con su retrato de una ciudad viva pero en crisis y su inconfundible aire cinematográfico neorrealista, Palermo Palermo —coproducida en 1989 con el Teatro Biondo Stabile de Palermo— recoge las impresiones corpóreas del Tanztheater Wuppertal sobre la ciudad —su luz, su violencia cotidiana, su decadencia, su mezcla de belleza y desorden social— y las transforma en un retrato en movimiento en el que lo común se vuelve extraño y lo trágico convive con lo satírico.
La obra comienza con el desmoronamiento de un gran muro de bloques. En su carrera de obstáculos hacia el amor o la desesperación, los bailarines tendrán que apañárselas durante dos horas y media para actuar sobre los restos del desplome. Ese cataclismo visual, sin embargo, no es un guiño a la caída del Muro, aunque su gestación coincidiera con él. Palermo Palermo recoge la atmósfera del sur de Italia; no se mira al ombligo nacional. Con esas palabras lo explica Nobert Servos, dramaturgo y principal colaborador intelectual de Pina Bausch y responsable de estructurar y contextualizar muchos de sus trabajos.
Tras el derrumbe, Julie Shanahan emerge de la polvareda como una figura espectral. Esta mujer atormentada no sabe lo que quiere: «¡Cógeme la mano! ¡Abrázame!», ordena, para rechazar después a quien la obedece. Sus entradas y salidas enigmáticas marcarán toda la representación. El inicio arrastra al espectador a un torbellino de carreras, cuerpos desplomados, campanas y disparos, mientras los operarios retiran algunos cascotes a contrarreloj. Superada esa catarsis engañosa, la obra se aquieta hasta el desenlace.
Loops y desbordamiento escénico
Lo absurdo, lo poético y lo perturbador se solapan con asombrosa naturalidad a la vida ordinaria en un paisaje en ruinas. Tampoco faltan el humor tierno y triste, los rituales distorsionados o los gestos de seducción extremos. La música popular siciliana se funde con las melodías tradicionales africanas y orientales, el tañido de las campanas y el canto de las cigarras, que trasladan a un ambiente rural. En ese clima estrafalario, Andrey Berezin prepara un pícnic con mantel blanco sobre los bloques. Cuando se va, un galgo blanco y negro lo devora. El actor reaparecerá en su refugio marginal del rincón derecho ajeno al resto: viendo la televisión, disfrazándose, fumando, maquillándose o incluso friéndose sobre una plancha de planchar la ropa dos trozos de carne que se rebana del antebrazo.
En mitad del bombardeo de estímulos, una chica de luto se traga su alianza mientras se toma un café. Otras nueve se quitan el vestido y hacen el pino contra la pared. Un alma en pena camina por el aire mientras seis hombres extienden sus manos como soporte bajo sus pies. Es la típica sucesión de viñetas autónomas donde los movimientos en loop —marca de la casa— estructuran los microsainetes. Ese flujo de escenas vívidas activa en el espectador asociaciones abiertas sobre el amor, el deseo, la pena, la rabia, el desasosiego o la supervivencia. Se impone un ingenio escénico constante, sostenido por la entrega interpretativa del conjunto. Bordeando la caricatura pero sin caer nunca en ella, los cuerpos transitan del esfuerzo a la fragilidad con una convicción que vuelve el disparate verosímil.
En esta acumulación de números teatrales, la danza queda relegada a apariciones esporádicas en la que predominan los movimientos de brazos —hermosos, violentos, hipnóticos, perfectos— tan característicos de Pina Bausch. Al borde del cierre del primer acto, la veintena de intérpretes esparce desperdicios por el escenario antes de estampar decenas de manzanas contra la pared. Luego bailan, solos o en parejas, hasta que alguien grita: «¡Pause!».
Una pieza exigente del repertorio de Pina Bausch
Quien espere la energía electrizante de Vollmond, la frescura minimalista y electrónica de Sweet Mambo, la belleza arrolladora y nostálgica de Kontakthof o la alegría contagiosa de Àgua o Masurca Fogo, desde luego se va a decepcionar. Quizá por eso un gran número de asistentes no volvió a la sala después del intermedio. Y es que Palermo Palermo se alinea con trabajos más complejos y menos bailados, como Nelken o Viktor, que someten al espectador a un cortocircuito intermitente de sacudidas emocionales ambivalentes. La energía en esta pieza no es una celebración jubilosa, sino un pulso extenuante. Se agradece esa mezcla de caras jóvenes y veteranas como la de Nazareth Panadero que refuerza la personalidad del elenco.
La densidad de la segunda parte, lejos de aligerarse, se agudiza. Una chica se pone cuatro bragas frente al público sin levantarse la falda del todo. Seis pianos y sus respectivos pianistas irrumpen en el escenario para interpretar una canción y se van con la misma premura. El grupo de once chicas baila con los brazos desaforados avanzando hacia el frente, en un pasaje precioso y arrollador. El canto de las cigarras anuncia el final de la jornada. Cae arenilla cobriza del cielo. Un saxofonista interpreta Stormy Weather. En la penumbra, un hombre se desnuda y se baña de espaldas al público, mientras otro se pega velas encendidas al brazo para alumbrar lo que queda en pie.
Si sobre las tablas Palermo Palermo materializa la supervivencia en un panorama de miseria, entre líneas asoman las ganas de aferrarse plenamente a la existencia cotidiana, aun cuando no quedan fuerzas. Varios almendros en flor descienden bocabajo del cielo. Es la cara edulcorada de la vida en medio del desastre, como si la belleza y cierta forma de consuelo brotaran de la desolación.
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