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«This Will Not End Well», la crónica de supervivencia de Nan Goldin, lejos de agotarse en la nostalgia, se propaga como una epidemia hasta el 21 de junio en el Grand Palais de París. El título de la muestra desprende esa ironía melancólica tan propia de su espíritu: aunque parezca vaticinar un desastre, encierra una vitalidad indestructible.

La Ville Lumière recibe a Nan Goldin con los honores de una santa laica. En la penumbra sagrada diseñada por Hala Wardé, los cilindros negros emergen como capillas satánicas contemporáneas. Envuelto en un silencio sepulcral, todo parece dispuesto para la ceremonia. Este santuario de la memoria invita al visitante a una contemplación litúrgica de su obra, que roza la devoción.

La exhibición consiste en seis diaporamas que abarcan cinco décadas de trabajo: el monumental diario de vida The Ballad of Sexual Dependency; el homenaje a sus amigas trans en The Other Side; el relato del suicidio de su hermana en Sisters, Saints, Sibyls; la inmersión en la pesadilla de la abstinencia de Memory Lost; el viaje al éxtasis químico de Sirens; y la reflexión sobre la belleza letal en Stendhal Syndrome.

A ellos se suma Gaza, un proyecto en curso que la artista describe como un testimonio construido con imágenes filmadas por periodistas y amigos in situ. A diferencia del resto, se proyecta en un espacio de tránsito en el que la fotógrafa cede su plataforma a voces externas. Y si bien refuerza su compromiso social, se percibe como un anexo urgente y estrictamente político que rompe la bruma del recuerdo íntimo.

Goldin siempre defendió el diaporama como una forma natural de exponer su trabajo, más próxima al cine que a la fotografía. Nació como un acto de guerrilla doméstica. Sin cuarto oscuro en Provincetown, proyectaba sus diapositivas en su apartamento o en garitos con un proyector prestado y una banda sonora de casete. Ahora, en París, The Ballad of Sexual Dependency tiene horario de cine de autor y una cola generosa junto a la entrada.

The Ballad sigue siendo el eje gravitatorio de su cosmos. Este artefacto mutable de cuarenta minutos insiste en el imaginario Goldin de sus primeros trabajos a modo de diario visceral. Sexo, dependencia, maternidad, infancia, enfermedad, drogas, amistad, hombres, violencia, ternura, comunidad, muerte… se suceden bajo una banda sonora ecléctica que dicta la emoción de cada bloque. Es una obra non finita que abraza la fluidez del séptimo arte. Persiste la sombra de Brian y aquella agresión que intentó aniquilar literalmente su mirada, un hito de violencia de género que ella transformó en manifestación eterna de autonomía y dependencia.

Como sucede con Pedro Almodóvar, las imágenes más significativas de Nan Goldin son aquellas que surgen de la efervescencia de los setenta, ochenta y noventa y cuya marginalidad frontal terminó por seducir a las altas esferas. Sustentada en el prestigio, la producción posterior sin embargo se mueve más bien entre la reiteración y la sobreexplicación. Goldin recicla sus propias fotos hasta el agotamiento. Su repetición en distintos diaporamas delata una evidente zona de confort.

Luego llegó el cambio de siglo y con él los encargos de lujo para Dior, Gucci o Saint Laurent. La misma mano que retrató las habitaciones destartaladas y a una generación arrasada por el sida inmortalizó a partir de entonces a Robert Pattinson promocionando un frasco de colonia. Con todo, su pulso combativo permanece intacto. Su batalla contra la familia Sackler a través de P.A.I.N., la organización que fundó en 2017, demuestra que su arte sigue siendo una herramienta de intervención política.

Este grupo de acción directa logró que museos de todo el mundo rompieran con los donativos de los Sackler, responsables de la crisis de opioides en Estados Unidos de la que ella fue víctima. Es la historia del documental All the Beauty and the Bloodshed que protagoniza, cuyo lanzamiento en 2022 coincidió con la inauguración de esta exhibición itinerante. Memory Lost y P.A.I.N. son la misma historia: la adicción a los medicamentos y la lucha. La faceta activista de Goldin también se extiende a conflictos actuales. Con su apoyo a Palestina, ya suscitó un terremoto institucional en la presentación de esta misma muestra en la Neue Nationalgalerie de Berlín, que casi le cuesta el puesto a su amigo y director del museo Klaus Biesenbach.

En cualquier caso, la proyección mejor curada de esta retrospectiva se encuentra, paradójicamente, fuera del Grand Palais. La Chapelle Saint-Louis de la Salpêtrière es el escenario para Sisters, Saints, Sibyls. La instalación de tres canales y entrada gratis —quizá como gancho para arrastrar público al Grand Palais— aborda el trauma familiar desde el mito de Santa Bárbara, el suicidio de su hermana mayor y la propia reclusión de Nan en un centro de rehabilitación que ella misma documenta.

El suicidio de Barbara Goldin a los dieciocho años marcó la infancia de la artista, que creció bajo la sombra de la profecía del psiquiatra de su hermana que auguraba un destino idéntico para ella. La Salpêtrière, históricamente un hospicio para mujeres pobres y hospital psiquiátrico, dota a la obra de una carga simbólica abrumadora compuesta de mito, biografía y confesión.

El tercer acto, dedicado a su adicción, evita el relato explícito y apuesta por la elocuencia de su autoarchivo visual. En él, Goldin muestra su brazo agujereado por quemaduras de cigarrillos. «Las drogas me liberaron. Luego se convirtieron en mi prisión», narra. El montaje incluye música de Leonard Cohen o Nick Cave que resuenan en el espacio. Junto a la triple proyección, una instalación escultórica recrea a Goldin en su cama del sanatorio. Esta obra, en consonancia con Stendhal Syndrome y la balada inmortal, sostiene el peso de una exhibición que en sus cilindros negros contiene la respiración casi al borde de la extenuación.

El contraste entre ambos emplazamientos es notorio. Mientras el Grand Palais opta por un montaje funcional con su escenografía de cápsulas sombrías aisladas, la capilla concentra la experiencia en un único gesto performativo rotundo. Qué habría ocurrido si todo el proyecto se hubiera articulado desde esa intensidad dramática que la falta de espacio, explican desde la organización, ha impedido. Es así como Goldin, la cronista del caos neoyorquino, queda fosilizada dentro de una vitrina negra.

Trabajos prescindibles como Sirens —su found footage sobre drogas y sensualidad que se diluye en una bruma onírica tediosa— o Memory Lost, que acentúa la claustrofobia del síndrome de abstinencia mediante vídeo, foto y conversaciones privadas, se codean con la ambición documental de Stendhal Syndrome, donde Goldin entrelaza mitología clásica y archivo personal. Este conjunto de diapositivas parte de mitos de las Metamorfosis de Ovidio leídos por la artista. Fruto de años de trabajo, las fotos de maestros clásicos del Louvre y otros museos que representaron las leyendas de Narciso, Cupido, Artemisa, Pigmalión o Hermafrodita se yuxtaponen con retratos de amantes, amigos y familiares.

Tampoco falta el recuerdo de sus afectos profundos. The Other Side rinde homenaje a su comunidad trans por medio de un diaporama que documenta sus vidas desde los setenta hasta bien entrado el nuevo milenio. Goldin observa, acompaña, registra. Su cámara vuelve a ese lugar donde siempre ha sido más precisa: la intimidad compartida.

París presencia el despliegue de una artista que utiliza la cama desordenada como refugio sacro y la cámara como escudo. Esta muestra, que inició su andadura en el Moderna Museet de Estocolmo en 2022, ha pasado ya por Ámsterdam, Berlín y Milán. La luz de Goldin, cálida y a veces tenebrosa, sigue iluminando las zonas de sombra de su memoria. El Grand Palais se rinde ante una creadora que supo transformar su diario íntimo en un espejo universal donde todos, de algún modo, estamos retratados. No cabe duda de que París la consagra. La pregunta es si esa consagración no termina por enterrar lo que la hizo necesaria.

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