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Berlín, 1812. Un compositor aquejado de sordera escribe en su diario una pregunta panfletaria: «¿El verdadero ser humano es un esclavo del entorno o libre?». La Séptima Sinfonía de Beethoven nace de esa fricción, entre el entusiasmo de las guerras de liberación contra Napoleón y la resaca de una Europa que vuelve, mansa, a la Restauración. La coreógrafa alemana Sasha Waltz toma el diario íntimo de un genio frustrado para plasmar en la Berliner Festspiele durante el mes de junio cómo se relacionan la libertad personal y las restricciones sociales.

Utilizar la Séptima Sinfonía de Beethoven, definida por Wagner como la «apoteosis de la danza», implica medirse con un coloso. En Beethoven 7, la compañía Sasha Waltz & Guests abraza esta partitura decimonónica, compuesta en pleno avance de la sordera del maestro de Bonn, para llevarla al terreno corporal. Hurgando en la fractura del ímpetu revolucionario y la vuelta al orden, Waltz esquiva la complacencia neoclásica con una propuesta que prefiere indagar en las tensiones políticas latentes en la composición original de 1812: el descalabro de los ideales revolucionarios, los anhelos de libertad y el peso aplastante de la Restauración. En escena, trece bailarines personifican esa pugna coral e individual frente a las estructuras impuestas.

El montaje final hunde sus raíces en un experimento representado entre las ruinas del teatro de Delfos en 2021, que luego se expandió hasta abrazar la sinfonía completa. La pieza ha viajado por media Europa desde su estreno en el Radialsystem de Berlín en 2023. La velada se divide en dos mitades que se miran de reojo. El contraste es deliberado y violento. Sustentada en la lentitud, la repetición, el trance rítmico y el impulso colectivo, la primera parte se abre con el prólogo electrónico Freiheit/Extasis de Diego Noguera que aclimata para el choque estético. El músico chileno llena la sala de niebla y graves atronadores para vertebrar un dispositivo escénico autónomo que tarda en encontrar su eje de tensión.

De la humareda densa emergen cinco intérpretes enmascarados como saltamontes alienígenas. El pulso electrónico avanza desde la dispersión hacia una intensidad epiléptica. Sin embargo, la sensación dominante es de dislocación. El live de Noguera arrastra al espectador por un letargo que solo se despereza hacia el final gracias a una ráfaga de descargas corporales espasmódicas. Aunque los últimos diez minutos logran contagiar a los intérpretes el vigor del techno industrial, la propuesta se percibe como un satélite estético que orbita dolorosamente ajeno al universo de Beethoven. La colisión es tan abrupta que, al terminar la música y disolverse la escena, el público tarda varios segundos en asimilar que la pieza había concluido.

La redención, no obstante, aguarda tras el intermedio. La coreografía Beethoven 7 propiamente dicha se aferra a los cuatro movimientos de la partitura original. El Poco sostenuto – Vivace rebosa gracia etérea en un ambiente de caras sonrientes, telas vaporosas y ritmo alegre que el cuerpo sigue con delicadeza. Ese optimismo muta en solemnidad melancólica durante el Allegretto, donde las expresiones se tensan y el vestuario inferior vira al negro, una gravedad que el Presto rompe con sacudidas corporales colectivas, aplacadas súbitamente por la aparición de alguien que ondea una bandera apátrida transparente, como si la libertad prometida fuera una idea sin peso. Las grietas entre movimientos se rellenan con grabaciones de voces lejanas o breves solos o dúos, incomprensiblemente intensos, sin acompañamiento musical. El Allegro con brio final estalla en un frenesí motriz. Compensando la frialdad del prólogo, la ovación final premia sobre todo una melodía reconocible.

El lenguaje de Waltz sigue siendo distinguible en las agrupaciones que se reorganizan y en los cuerpos que pasan de la geometría a la caída sin dejar de girar. Los campos de energía que emanan de los bailarines se atraen, se rechazan, se interrumpen. Pese a sus fracturas y movimientos propios, lo que une ambas mitades son algunos patrones estructurales compartidos con In C, otra coreografía conocida de Waltz. Reaparece también en Beethoven 7 ese magnetismo etológico —esa manera de moverse como si obedecieran a un instinto compartido— tan suyo. Entre aceleraciones, giros y pausas, los trece intérpretes se comportan como una bandada de aves migratorias sin líder, donde cada gesto individual cede sin disolverse en la estructura mayor. La cohesión y la fragilidad no se contradicen en ese vaivén coral que respira como un organismo único.

Lo que en un inicio podía percibirse como una disonancia estética adquiere espesor político al final: la libertad sin estructura se consume en su propio exceso, igual que los ideales revolucionarios de 1812 se estrellaron contra la Restauración. En esa tensión entre el ímpetu insurgente y la vuelta al orden, ambas mitades encuentran un punto real de continuidad. Dos siglos después, la libertad sigue siendo la parte más difícil de coreografiar.

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