ARTÍCULO PUBLICADO EN ROOMdiseño MAGAZINE, COMPROBAR AQUÍ

Ai Weiwei cubrió el suelo de la Turbine Hall de la Tate con cien millones de pipas de girasol de porcelana, convirtiendo un trabajo artesanal en monumento colectivo. Carl Andre planteó que un suelo de ladrillos pisado por el visitante era ya escultura. John Cage llegó a la conclusión de que el silencio nunca existe del todo; solo dejamos de escucharlo. Lina Lapelytė reúne estas tres genealogías —la del objeto mínimo repetido hasta el infinito, la del cuerpo que activa la obra al caminar sobre ella, y la del sonido como material escultórico— para levantar, o mejor dicho, para amontonar y desmontar sin cesar, la segunda CHANEL Commission del Hamburger Bahnhof de Berlín: We Make Years Out of Hours, disponible hasta el 10 de enero de 2027.

Una obra que desaparece para permanecer en la memoria

¿Qué permanece realmente cuando todo está destinado a cambiar? Cuatrocientos mil cubos de abeto y pino, de diez centímetros de arista cada uno, se extienden por la nave histórica de la antigua estación de trenes berlinesa como una topografía que nunca termina de decidirse. Doce performers y cualquier visitante que se anime los apilan, los alinean, los derrumban, configurando colinas efímeras que sustituyen a otras también provisionales. Si algunos artistas levantan monumentos para desafiar al tiempo, la escultora y compositora lituana Lina Lapelytė prefiere desmontarlos en esta experiencia donde la arquitectura, la música y la participación compartida sustituyen la idea clásica de la obra permanente.

Donde Ai Weiwei convertía la repetición artesanal en crítica al trabajo en masa, Lapelytė la transforma en una pregunta abierta sobre quién decide qué se construye, qué debe desaparecer y de quién es el trabajo invisible que sostiene cualquier edificio, literal o social. Sin proclamas ni discursos explícitos, la instalación se sirve del trabajo compartido como forma de pensar la convivencia. La monumentalidad clásica —la de la piedra y el metal— queda sustituida por una escultura horizontal que dura exactamente lo que dura la voluntad colectiva de sostenerla.

Durante la visita, llama la atención la presencia constante de grupos escolares. Una circunstancia que podría acercar la pieza por momentos al terreno de las manualidades infantiles, pero que al mismo tiempo señala que los más pequeños no son espectadores secundarios, sino parte del entramado humano que mantiene viva la instalación. En cualquier caso, el carácter transitorio de la pieza tampoco implica su desaparición material. Cuando la exposición cierre, los cubos viajarán hasta Eisenhüttenstadt para encarnar, en 2027, una obra pública dentro del programa Die Neuen Auftraggeber.

La voz arquitectónica de Lapelytė

La voz desempeña un papel igual de importante en esta intervención. Lapelytė entrelaza la manipulación táctil con una poderosa estructura sonora. Las sesiones performativas, programadas los martes, jueves, sábados y domingos entre las 14 y las 17 horas, desencadenan la dimensión sonora en la que fragmentos de poemas sobre el amor, la pérdida, la esperanza o la comunidad marcan el ritmo de los cuerpos que construyen y deshacen el paisaje. Cada estructura nace porque otra desaparece. Cada acción individual depende de la siguiente.

Lapelytė, sin embargo, amplía el principio de acción escultórica al incorporar la escucha como un elemento estructural de la pieza. Mientras las manos de los intérpretes construyen, las voces cantan. El libreto reúne versos de quince autores que van de Khalil Gibran a Ocean Vuong, pasando por Forugh Farrokhzad, Mahmud Darwish o Etel Adnan; voces separadas por siglos y geografías, unidas por una misma búsqueda de belleza, memoria y pertenencia.

No es la primera vez que Lapelytė moldea lo cotidiano hasta que brota una partitura. Ya lo hizo en en Have a Good Day! Cuando transformó el canto de las cajeras de supermercado en un ritmo poético, y de forma aún más rotunda en Sun & Sea, la ópera que le valió el León de Oro en la Bienal de Venecia de 2019 y que publicamos en ROOM en 2023 en formato reel a su paso por La Villette de París. Aquí, como allí, la ambición sobrepasa el deslumbramiento inicial para instalar una noción de duración. Cada jornada de canto y construcción se disuelve al cerrar el museo, sin dejar rastro más que en los recuerdos de quien participó u observó.

El título de la muestra lo resume mejor que cualquier crítica: Convertimos horas en años. Lapelytė sostiene esa tesis con las manos de miles de desconocidos que actúan en comunidad para evidenciar que la obra más duradera es aquella que desaparece en cuanto dejamos de construirla juntos.

Loading