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La danza contemporánea cobra una fuerza electrizante cuando el movimiento se convierte en un campo de energía que redefine los límites físicos y emocionales del intérprete y el espectador. Dos obras cimeras del ámbito coreográfico israelí, SAABA de Sharon Eyal y Gai Behar, y Minus 16 de Ohad Naharin, convergen en el programa del Staatsballett Berlin del invierno de 2026. Juntas, dibujan un mapa de la corporalidad contemporánea que va del trance tribal a la deconstrucción lúdica y donde los extremos de la entrega escénica y la conexión colectiva alcanzan su máxima tensión.

SAABA, disciplina y construcción del organismo colectivo

SAABA es la cuarta obra de Sharon Eyal presentada por la compañía berlinesa. En su partitura sonora, la música electrónica de Ori Lichtik se filtra por otros patrones melódicos. Sobre ese soporte, los cuerpos de los intérpretes responden con una gestualidad que transita entre formaciones grupales y acciones individuales en constante reconfiguración.

La pieza irrumpe en medio de una penumbra constante que dificulta la lectura precisa del movimiento y borra la expresividad de los rostros. El cuerpo aparece casi siempre reducido al contorno, envuelto en humo y sumergido en una atmósfera de club que remite de inmediato a la fisicidad nocturna de Berlín y que parece retenerlo en un estado de tensión orgánica. Como los ravers de Fiorucci Made me Hardcore de Mark Leckey, pero atravesados por la memoria del ballet clásico y la danza moderna y contemporánea, los bailarines se mueven en ondulaciones constantes, con una energía contenida que renuncia a la explosión.

Vestidos con monos nude segunda piel diseñados por Maria Grazia Chiuri para Dior —desconcertantemente sobrios pese a su aura de alta costura, cercanos a la desnudez estilizada de Elena Anaya en La piel que habito—, los intérpretes funcionan como un organismo colectivo de precisión extrema. Si exceptuamos breves fugas individuales que se disuelven rápidamente en el grupo, la escena está dominada por la sincronía. Esa simetría técnica calculada, sin embargo, acaba resultando, por momentos, monótona. En cualquier cao, lo más hipnótico y loable de la pieza reside en el desplazamiento continuo en demi-pointe, esos pas de bourrée sostenidos por el metatarso que permiten a los cuerpos deslizarse como si flotaran. SAABA sumerge al público en una fantasía corporal sobre la comunión tribal y la pérdida del individuo en la masa mediante una sucesión de imágenes poderosas que hablan de ritual, éxtasis y una belleza que reside en la repetición obsesiva.

Minus 16: biografía y celebración

Desde su estreno en 1999 por el Nederlands Dans Theater II, Minus 16 ha ocupado un lugar privilegiado en la danza contemporánea. Su autor, Ohad Naharin, es también el creador del lenguaje de movimiento conocido como Gaga que prioriza la conexión somática y la exploración de sensaciones como punto de partida para la creación y la interpretación.

A través de ritmos de chachachá y mambo o himnos populares israelíes como Hava Nagila, la banda sonora, deconstruida con ironía y lucidez coreográfica, determina la vivacidad del conjunto. Sobre la base de una secuencia de escenas festivas y desbordantes, los intérpretes ejecutan movimientos que oscilan entre la sincronía militar y el caos individual. Impulsada por una alegría cinética pura, la coreografía transforma el escenario en un espacio de energía contagiosa, expansiva y cambiante, donde la disciplina alimenta la libertad y cada gesto invita al público a una celebración colectiva.

Oda a la imperfección

Cuando el público regresa de la pausa, un bailarín ya ocupa el escenario, como si la función hubiera decidido empezar sin esperar a nadie. Pronto los intérpretes, vestidos con traje oscuro y sombrero, activan una dinámica grupal en constante mutación, salpicada por solos y una música tribal lejana. En esos pasajes individuales, la voz en off de cada bailarín acompaña su cuerpo con fragmentos biográficos que convierten el movimiento en relato encarnado: una madre prima ballerina del Bolshói que nunca ha asistido a una representación de su hija; un padre gimnasta y una madre poeta que transmutan en el lirismo corporal de su hijo bailarín; un accidente y una silla de ruedas que conducen a la danza; una relación conflictiva con la propia anatomía resuelta por medio del placer de moverse… Estas confesiones breves y profundamente emotivas dotan a los solos de una dimensión íntima y directa, donde la poética del cuerpo surge de la memoria y la experiencia.

Durante esa sucesión de bailes, el grupo de veintitrés bailarines funciona como una masa móvil que avanza en barridos continuos, absorbiendo a un intérprete y escupiendo a otro cada vez, con la lógica centrífuga de las lenguas de un túnel de autolavado. La escena se reorganiza sin jerarquías fijas, reforzando una sensación de colectividad en permanente reconfiguración que orbita de la fuerza bruta a la vulnerabilidad extrema. En el número final, la inclusión de personas del público acentúa ese clima de celebración coreográfica abierta, donde la imperfección se integra como valor expresivo y propulsor de vitalidad. El cierre prolonga ese espíritu lúdico mediante una serie de finales sin fin: los bailarines regresan una y otra vez tras la despedida, reactivan la ovación y vuelven a ocupar el espacio con sus movimientos frenéticos, como si la función se resistiera a concluir.

Entre el rigor técnico elevado a la hipnosis corporal y la imperfección asumida como motor, SAABA y Minus 16 sitúan el cuerpo en el centro de una experiencia donde la danza deja de ilustrar ideas y comienza a generarlas. Este diálogo entre ambas piezas representa las dos caras de la búsqueda incesante de un vocabulario corporal verdadero. Las obras son también un recordatorio de que la danza puede ser, a la vez, profundamente disciplinada y radicalmente libre. Si Eyal lleva al cuerpo a sus límites de control y abandono en un ritual colectivo, Naharin, encontrando coreografía en lo fortuito, lo libera a través del juego y la interacción.

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