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Delcy Morelos nos invita a arrodillarnos para escuchar el latido de lo primigenio. Con materiales que huelen a bosque, a pan recién horneado y a ritual ancestral, la artista colombiana ha moldeado un santuario terrenal dentro del Hamburger Bahnhof de Berlín que propone un acto radicalmente simple: volver a tocar la tierra. Con su instalación Madre, sitúa el suelo como materia activa, cargada de historia y conflicto, al tiempo que evita el imaginario verde complaciente. Morelos lo deja claro desde el principio: el suelo no es neutral.

Tierra, archivo y conocimiento ancestral

En la práctica de Morelos, el suelo funciona como archivo material: cada componente arrastra significados culturales, espirituales y económicos que se activan de manera simultánea. La referencia a cosmologías indígenas —en especial a la Pachamama— no opera como cita simbólica, sino como marco desde el que repensar la relación entre territorio y poder. La tierra aparece así como cuerpo fértil, pero también como superficie explotada y objeto de regulación. Desde una economía formal rigurosa, la artista construye intensidad sin recurrir al efectismo. El olor y la textura condensan el sentido de una tierra viva, en fermentación y repleta de restos, configurando un campo de fuerzas donde cuerpo, memoria y política se superponen sin jerarquías. El suelo se perfila asimismo como un presente activo que sostiene y condiciona cualquier proyecto político.

La estructura, de veinte metros de largo, se acurruca en la sala como un cuerpo dormido, hecho de arcilla, semillas, especias, miel y paja. Tres incisiones en forma de cuña, que evocan los temazcales indígenas (espacios rituales de purificación en distintas culturas americanas), actúan como umbrales simbólicos, si bien no conducen a un espacio interior excavado. Salta a la vista que cada material está cargado de biografía y política: el trigo sarraceno, las semillas de chía, el tabaco, el clavo… son testigos, ofrendas y cómplices de una historia de violencia colonial y resistencia biocultural. La tierra, según la artista,guarda las huellas de la lucha y la germinación. En la parte trasera de la instalación, la cavidad estrecha Profundis insiste en que los territorios marcados por el conflicto, la violencia contra la gente y la tierra son la misma herida.

Desde este enfoque, emerge un diálogo con el fantasma del lugar: Joseph Beuys, cuya colección se aloja en la sala contigua del museo berlinés. Ambos son chamanes del arte contemporáneo, pero con acentos distintos. Mientras Beuys era el chamán performático, el actor social, Morelos es la chamana silenciosa, la que se retira para que la materia hable. Disponible hasta el 25 de enero, su «escultura de calidez», además de plantear una ceremonia de reconexión, reclama una escucha atenta, táctil y olfativa. Es un arte que cura desde lo íntimo, oponiendo a la lógica extractivista del capitalismo una ética del cuidado y la infusión.

Pachamama, la política bajo los pies

La obra se inscribe en debates contemporáneos sobre extractivismo, colonialidad y ecología política, donde el reconocimiento legal de la naturaleza convive con prácticas intensivas de explotación. En ese contexto, la instalación no propone una reconciliación armónica, sino una convivencia incómoda entre regeneración y desgaste.

La referencia a la Pachamama —noción andino-amazónicade «Madre Tierra» como fuerza materna— no opera aquí como un guiño exotizante ni como una postal espiritual. Morelos se distancia de la imagen de una «Madre Tierra» romántica y pasiva para convocar una fuerza sensual, generativa y profundamente política. El caso boliviano, donde la Pachamama fue reconocida como sujeto de derechos en 2010, vuelve visible una paradoja fundamental. Ese mismo marco legal ha servido también para facilitar la explotación de recursos como el litio. Madre señala así que incluso los gestos de reconocimiento pueden operar como dispositivos de control, y que la tierra, aun elevada a sujeto jurídico, sigue inscrita en lógicas de administración y poder.

Al desplazar el debate ecológico del terreno discursivo al material, Madre introduce un giro decisivo en su planteamiento. Ese desplazamiento permite que la instalación condense líneas clave de la obra de Morelos —uso de materiales orgánicos, referencia a saberes ancestrales, lectura política del territorio— articuladas a partir de la memoria histórica y la violencia extractiva. Al final del recorrido, la tierra queda adherida en el visitante como una idea persistente: no hay futuro posible sin una revisión radical de la relación que mantenemos con lo que pisamos.

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