David Lynch en Pace Gallery Berlín: el sueño visual de un creador inmortal
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David Lynch pertenece a la categoría infrecuente de artistas cuya obra se comporta como un campo magnético. La exposición que Pace Gallery presenta hasta el 29 de marzo en Berlín se aleja del sello cinematográfico para proponer una inmersión en la sensibilidad densa de uno de los pensadores artísticos más enigmáticos del último medio siglo en toda su complejidad. Pintura, escultura, dibujo, fotografía y cine experimental construyen una relación íntima con lo inquietante transformado en lenguaje plástico, donde el imaginario lynchiano se manifiesta con plena intensidad.
Viaje a las sombras de David Lynch
La niebla industrial de una ciudad que ha hecho de la contradicción su arte. El eco lejano de una música de jazz que se filtra por una grieta en una pared de hormigón. Un destello rojo en la penumbra. No es el prólogo de una nueva pesadilla lyncheana, sino la antesala sensorial de la exhibición. Un portal hacia ese Inland Empire interior donde el artista, libre de las ataduras narrativas del cine, desata la potencia pura de sus obsesiones: la textura de la podredumbre, la elegancia siniestra, una luz entendida como dispositivo de revelado.
Para quienes solo conocen a Lynch ─fallecido en 2025─ como el orquestador de universos narrativos como Mulholland Drive, Lost Highway o Twin Peaks, la expo invita a reconfigurar esa percepción. Su carrera, casi seis décadas de búsqueda constante, abarcó desde los primeros moving paintings creados en la Pennsylvania Academy of the Fine Arts hasta esculturas lumínicas y fotografías tomadas en la capital alemana. Aun sin narrativas explícitas, su paradigma visual se impone con claridad, hasta el punto de que el término «lynchiano» designa hoy un tipo específico de paradoja estética en la cultura contemporánea.
La tímida selección de una veintena de obras en Pace basta para entender la concepción artística de Lynch. Definidas a partir de texturas, vibraciones visuales y una extrañeza latente, sus pinturas inéditas, de factura espesa y gestual, son la médula misma de su imaginario. Están pobladas por figuras ambiguas y tenebrosas, y escenas que parecen trasladarse de las sombras del registro psíquico a la superficie del lienzo con una lógica que desafía cualquier certeza.
Algunos óleos se erigen en jeroglíficos emocionales en los que la materia se acumula, se rasga, gotea. Es el rastro físico de una psique obsesionada con el subconsciente y la descomposición de la forma. Figuras distorsionadas emergen de fondos abismales, subrayando que Lynch es, ante todo, un expresionista moderno. La muestra no es sobre lo que Lynch ha hecho, sino sobre lo que ve: un mundo paralelo, siempre presente, que solo unos ojos como los suyos pueden hacer visible.
El imaginario lynchiano
El espacio expositivo, instalado en lo que fue una antigua gasolinera restaurada, se presta como un escenario inusual pero perfecto para la obra de Lynch. Aquí, las esculturas —piezas robustas en acero y resina o lámparas escultóricas— dialogan con pinturas de tonos sombríos, sketches al carboncillo y acuarelas en blanco y negro o con pinceladas rojas que fluctúan entre la calma y la perturbación. E
sos artefactos, a medio camino entre el taller de un inventor demente y un ritual chamánico, vertebran la exposición y materializan el sonido de fondo de su obra. El zumbido eléctrico, la amenaza aletargada, la belleza extraída de los desechos industriales… son el corazón mecánico de Eraserhead latiendo entre cuatro paredes. Las fotografías tomadas en Berlín en 1999 (fábricas abandonadas, ventanales rotos, chimeneas…) añaden un matiz autobiográfico al conjunto. El cine experimental de Lynch aparece a través de un único corto temprano, una pieza breve y diabólica que condensa su interés por el movimiento y la proyección como extensión directa del gesto plástico.
En su práctica no cinematográfica, Lynch encuentra en Berlín su ciudad espejo. La capital alemana, con su historia estratificada en cicatrices y su energía cruda, reverbera con las mismas frecuencias que su obra: la memoria traumática bajo el cemento, la belleza en la decadencia, la extrañeza de lo cotidiano. Es como si Lynch hubiera deconstruido el alma de la ciudad para reensamblarla según su propia mitología. En ese marco, la muestra se articula como un teaser íntimo que enfrenta lo críptico con lo banal y que anticipa la gran retrospectiva que la sede de Pace en Los Ángeles dedicará en otoño a uno de los legados más duraderos de un creador que convirtió el desconcierto en una suerte de verdad estética. La última lección de esta exposición tibia es que el genio de Lynch no residía en contarnos sus pesadillas, sino en enseñarnos a ver las nuestras.
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