ARTÍCULO PUBLICADO EN METAL MAGAZINE, COMPROBAR AQUÍ

F*cking Future quiere ser muchas cosas: una crítica hacia la militarización de los cuerpos, un manifiesto queer contra la virilidad tóxica, una catarsis colectiva al ritmo de techno. Presentada del 27 al 30 de mayo en el Chaillot – Théâtre national de la Danse de París, la pieza del coreógrafo portugués Marco da Silva Ferreira transita de la disciplina marcial a una celebración underground de la libertad. Sin embargo, lo que comienza como una imagen compacta de fuerza y control termina sin alcanzar la intensidad que su arco sugería.

Con visibilidad 360°, el escenario cuadrifrontal es el espacio donde ocho bailarines de estéticas fluidas avanzan como un organismo compacto. Se mueven como robots sincronizados, atrapados en una repetición agotadora, hasta que las grietas se abren en esa disciplina férrea y uniforme. Si la música electrónica de Rui Lima y Sérgio Martins acompaña con brillantez este viaje que mezcla movimientos hip-hop y bailes callejeros, la sincronía, sostenida demasiado tiempo, acaba neutralizando buena parte de la tensión.

Con camisetas de cota de malla, pantalones de vinilo negro y calcetines lilas, los intérpretes pretenden subvertir los códigos tradicionales de la masculinidad. Bailarín autodidacta, antiguo nadador y formado en fisioterapia, Ferreira conoce la anatomía desde distintas perspectivas, así que sabe lo que significa ser moldeado por una disciplina impuesta, y también lo que cuesta liberarse de ella. Ese conocimiento le sirve para coreografiar la opresión. Pero donde el discurso promete una revuelta, la escena evidencia resistencia corporal.

La impronta irreverente del título también deja espacio para la ambivalencia irónica: ¿un futuro jodido?, ¿un futuro que jode los códigos establecidos?, ¿un futuro sexualizado? En esta pequeña bomba semántica, el inglés permite esa ambigüedad deliberada donde el adjetivo injurioso y el gerundio sexual se tocan. Por un lado, el porvenir que se anuncia es violento, cuartelario, tóxico. Por otro, la única respuesta posible es un acto descarado de insurrección tan rebelde como sensual: joder (con) ese futuro, hacerle el amor y la guerra a la vez.

Durante una hora, la pieza estrenada en la Bienal de la Danza de Lyon en 2025 parece debatirse constantemente entre obediencia y emancipación. Y lo hace a través de un vocabulario físico dominado por movimientos repetitivos y mecánicos, combinados con ondulaciones de tronco y cadera que suelen desembocar en gestos bruscos y enérgicos de hombros. No hay prácticamente escenografía: humo, un láser aguamarina, iluminación dramática y fría. Unas doscientas personas asistieron a esta representación en el espacio negro del Chaillot, organizado con bancos de madera corridos a distintas alturas según cada lado del dispositivo escénico.

En el plano conceptual, la obra aborda cuestiones como la violencia contemporánea, la militarización, la virilidad tóxica o los sistemas patriarcales opresivos. Sin embargo, sobre el suelo espejado de la Salle Firmin Gémier del Chaillot, lo que aparece es ante todo un grupo desplazándose sin descanso de un lado a otro, en líneas, diagonales o círculos sincronizados. A veces algunos miembros se desprenden momentáneamente del conjunto para ser absorbidos por las esquinas del espacio antes de reincorporarse al elenco.

En un arranque deliberadamente lento, los intérpretes emergen poco a poco entre la niebla. Después, la coreografía se prolonga apoyándose en unos pocos patrones reiterativos que terminan suscitando cierta sensación de inmovilidad. En la larga sección central, el bucle a ratos transita de la hipnosis al hastío. Solo en los últimos quince minutos, la pieza adquiere una intensidad salvaje: los cuerpos se rozan, la sincronía se expande y los saltos y giros son impulsados por el crescendo de la música techno minimalista. Es en ese tramo final donde los bailarines dejan de ilustrar la opresión para romperla desde dentro.

Mientras cantan «open up your heart, keep on dreaming», se acercan al público, suben por las gradas y desaparecen para reaparecer en el lado opuesto de la sala. La obra concluye con todos tumbados en el suelo, agitados por sacudidas espasmódicas, como si esos organismos maquinales se hubieran quedado súbitamente sin batería.

Si el arco dramatúrgico —de la uniformidad opresiva a la explosión colectiva— resulta legible y políticamente pertinente, también deja poco espacio para la sorpresa. Aunque la pieza no logra conmover, sí se aprecia una indudable solidez formal, eso sí, carente de riesgo. Con todo, la potencia corporal de los intérpretes y el trabajo sonoro, probablemente lo más logrado del montaje, consiguen sostener cierta tensión física incluso cuando la dramaturgia se estanca.

Loading