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Requiem(s) rechaza el lamento singular y la solemnidad monocromática para abrazar el mosaico de las emociones. Diecinueve bailarines del Ballet Preljocaj convierten el duelo en una materia moldeada por el cuerpo para evocar los sentimientos complejos ante la pérdida de un ser querido. Un grupo custodia jaulas colgantes. Otro se arrastra por el suelo. Otro corre en círculo y espiral hacia adelante y hacia atrás… Y sin embargo, sobre las tablas de La Seine Musicale de París, este patchwork basado en ceremonias arcaicas se impone más como acumulación discontinua de materiales heterogéneos que como unidad coral.

Angelin Preljocaj evita el peso de una única tradición. Así lo insinúa el plural del título que alude a los múltiples rituales y formas de procesar la desaparición de un ser querido. Es de suponer que esa (S) es el pretexto para llenar la pieza de todo lo que resista semejante plural. Que Requiem(s) no se limite a un solo referente cultural o musical, aun cuando quiere romper de esa manera la gravedad tradicional del género, también diluye su capacidad de cohesión interna. Lo apreciamos en sus escenas autoconclusivas que quiebran el ritmo y desaceleran la progresión dramática.

La intensidad de Mozart convive con el vigor de Chop Suey! del grupo System of a Down, la arquitectura perfecta de Bach responde a cantos medievales anónimos, Ligeti dialoga con las creaciones electrónicas y las atmósferas contemporáneas de Jóhann Jóhannsson. Además de capitalizar esta polifonía sonora, Preljocaj integra en la pieza voces de pensadores como Gilles Deleuze o Roland Barthes, cuyas reflexiones sobre la alegría trágica de Nietzsche y la condición humana le sirvieron para envolver la danza en una reflexión filosófica en torno al duelo y la memoria a veces algo enfática.

La puesta en escena parece renunciar a la fluidez orgánica para abrazar una estructura de compartimentos estancos cuyo eclecticismo desorienta. La pieza, mezcla de ballet clásico y lenguaje contemporáneo, se abre con tres grupos de cuatro intérpretes dispuestos bajo unas estructuras aéreas metálicas que enjaulan cuerpos o almas en tránsito. La coreografía avanza por bloques autónomos, como si cada cambio musical reorganizara por completo la escena.

Tras un 2023 marcado por el fallecimiento de sus padres y amigos cercanos, el coreógrafo francés quiso con este trabajo evitar el sentimentalismo para centrarse en la mecánica del rito y la respuesta del cuerpo ante la ausencia. Requiem(s) intercala dinamismo colectivo y fragilidad individual, caída y renacimiento como metáforas directas de la experiencia humana frente a la muerte. Y lo hace a través de dúos, tríos o formaciones grupales en línea o en manège.

Pero ante semejantes cortes escénicos sangrantes, la sensación de discontinuidad no se atenúa, persiste. La alternancia del blanco y el negro en el vestuario, de la pulsión rock y la elegía clásica subraya un maniqueísmo formal consecuente con la temática del pasaje de la vida a la muerte, si bien las costuras del montaje quedan a la intemperie.

En este escenario de claroscuros y humo artificial, la danza alterna una fisicidad de suelo, reptiliana, con una lentitud somnífera que roza el estatismo del mimo. Tampoco falta una pantalla enorme al fondo en la que se proyecta una iconografía de la desolación a través de calaveras sumergidas, ciudades bombardeadas o bosques arrasados. El dispositivo escénico se apoya en una imaginería de tal densidad simbólica que a ratos erosiona la atención del espectador.

Incluso si esta acumulación de referencias, que abarca relatos sonoros sobre el Holocausto y la memoria de Primo Levi, funciona con solidez en el plano conceptual y teórico de la pieza, la danza en sí misma lucha por sostener el peso de tantas capas de significado superpuestas hasta el punto de que ciertos cuadros solo pueden brillar de forma aislada. En consecuencia, a la agridulce desilusión que deja una obra atiborrada de ideas se suma un ligero déficit de coherencia global del conjunto.

Destaca, sin embargo, un episodio de gran intensidad plástica en el que dos presencias oscuras sostienen un cuerpo aparentemente moribundo en una suerte de delicado balanceo afectivo que pronto es interrumpido por dos figuras luminosas enérgicas que alteran la dinámica del baile hasta precipitar una separación violenta. Es la llegada repentina de la muerte. Si Durkheim afirmó que la civilización comienza con el entierro de nuestros muertos, el coreógrafo recoge esa afirmación e invita a bailar con sus fantasmas.

También resuena un plano coral donde el grupo, en disposición circular, genera un flujo hipnótico de entradas y salidas individuales maestras, como si la identidad se disolviera progresivamente en el movimiento colectivo. Aun así, el resultado es una experiencia de intensidad inestable, donde el impacto de ciertas imágenes convive con la dispersión estructural.

Hacia el final, el baile se radicaliza en su analogía sobre la permanencia de los ausentes. El uso de figuras de apariencia alienígena colgadas de forma errática sobre andamios, al tiempo que la compañía se entrega a una catarsis de hard rock, traduce visualmente la arbitrariedad con la que los muertos habitan nuestra memoria, como cuerpos flotantes en el limbo del recuerdo.

La mezcla musical, que a priori podría resultar disruptiva, acaba siendo el elemento mejor articulado, si bien deja a la coreografía en una posición vulnerable donde la brillantez de las carreras en círculo, en línea o en espiral no logra ocultar cierta irregularidad rítmica. Con todo, el público respondió con una ovación de pie prácticamente unánime ante este ejercicio de encarnación del duelo que, en su afán de acumulación, no se molesta en disimular sus propias fracturas.

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