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El Ballet de l’Opéra national du Rhin asume el reto de interpretar un tríptico esencial de William Forsythe creado durante los noventa, década en la que el coreógrafo terminó de deconstruir los códigos clásicos para inventar un lenguaje total. El programa reúne Trio, Quintetty Enemy in the Figure con músicas de Ludwig van Beethoven, Gavin Bryars y Thom Willems cuyo vocabulario clásico se estira, se pliega y se vuelve a ensamblar con una inteligencia feroz. Esta unión entre la excelencia de la compañía alsaciana y el genio estructural del neoyorquino traza en el Théâtre de la Ville de París hasta el 6 de mayo un arco de la danza contemporánea que va del vértigo recreativo a la elegía contenida, para estallar en una arquitectura física de pulsión tribal.

Trio sacude la atmósfera mediante una vitalidad lúdica y audaz. Con lo que parecen unos coloridos pijamas y un camisón como única vestimenta, los tres bailarines abren en silencio la pieza, centrada en la exploración curiosa de las articulaciones —codos, cadera y, de manera pertinaz, el antebrazo— antes de que una música intermitente irrumpa y fragmente la atención del movimiento. La partitura del Allegro del Cuarteto de Cuerda n.º 15 de Beethoven impulsa un diálogo vertiginoso entre los cuerpos que transforman la desnudez del escenario en un parque de juegos aéreo.

En este pulso de una agilidad desconcertante contra la gravedad,la destreza acrobática se mezcla con la complicidad infantil. El lenguaje clásico aparece reinventado por medio de una afinidad corporal radiante entre los dos chicos y la chica, cuyos brazos y piernas se entrelazan en un desorden sabiamente orquestado. Es la deconstrucción del ballet clásico —con apariencia de juego de niños— de movimientos gráciles y precisos que se encadenan en un flujo orgánico sin fin. Durante el enredo de extremidades, que apenas dura dieciséis minutos, la precisión se disfraza de espontaneidad; y esa misma brevedad resuelve su refinada intensidad sin que el juego se agote.

Basada en el concepto de la pérdida, Quintett (1993) se despliega como una corriente de cuerpos que se enlazan y se disuelven en asincronía con extrema delicadeza. La pieza se apoya en la música de Gavin Bryars, formuladaa partir de un fragmento vocal encontrado por azar. El compositor convierte la voz de un hombre sin hogar en Londres en un bucle insoportable. La estrofa «Jesus’ blood never failed me yet, There’s one thing I know, For He loves me so» se mantiene como una presencia obstinada e inmutable, a partir dela cual se desarrolla la coreografía.

Sobre las tablas, donde la sobriedad oscura solo es interrumpida por dos artefactos inexplicables,la insistencia sonora se vuelve exasperante, precisamente porque no evoluciona y condiciona el ritmo de los cinco cuerpos que parecen girar dentro de una misma idea que no se resuelve. En torno a esa partitura obsesiva, la danza, cargada de una ligereza que roza lo espectral, se sostiene en equilibrios, caídas y suspensiones. Los cinco intérpretes que casi nunca coinciden al mismo tiempo en escena tejen un torrente asimétrico de dúos, solos y tríos que giran y caen con una complejidad cada vez más luminosa, si bien la persistencia musical erosiona la atención del espectador, que lucha por no perder de vista lo que sucede en el escenario.

Enemy in the Figure(1989) cierra el programa como una máquina escénica de alto voltaje. Un panel ondulado corta en diagonal el espacio,mientras la luz, portátil e incisiva, esculpe las apariciones y desapariciones de los bailarines en un torbellino de movimientos veloces y energía tribal. En este chiaroscuro dramático y filoso, subrayado por los ritmos percusivos de Thom Willems, once siluetas fantasmales vestidas de blanco y negro emergen de la oscuridad perseguidas durante media hora por un foco móvil que ellas mismas desplazan.

Las convulsiones geométricas de los cuerpos juegan con la luz cálida, al tiempo que manipulan una cuerda en el suelo o recogen el cable del foco tras cada desplazamiento.La música hipnótica sustenta esta arquitectura volátil, en la que cada intérprete resurge como un relámpago en un calculado sistema de improvisación estructurada. Aun así, la acumulación de estímulos tiende por momentos a una saturación desbocada.

Torsos basculados, saltos afilados y un sentido cinético del espacio conjugan el pasado clásico con el presente magnético. Las sombras proyectadas sobre el decorado de madera amplifican cada torsión, consolidando un léxico corporal de energía explosiva. La precisión del ritmo se impone en una persecución magnética entre penumbra y resplandor que se ralentiza hacia el final para volver a acelerarse poco antes de disolverse por completo.

Esta tríada de finales del siglo XX se aleja de cualquier tentación retrospectiva para evidenciar una maquinaria que sigue funcionando a pleno rendimiento, aunque de forma desigual. En Enemy in the Figure,esa eficacia se manifiesta de forma convincente cuando el movimiento se afila, el espacio se tensa y la energía deja de insistir para empezar a atacar.

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