¿Cuánto pesa una ciudad? La Trienal de Arquitectura de Lisboa desnuda las tensiones del presente urbano
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La 7.ª Trienal de Arquitectura de Lisboa no es una exhibición sobre edificios. O, al menos, no solo. Bajo el título perspicaz «¿Cuánto pesa una ciudad?», la cita, comisariada por Ann-Sofi Rönnskog y John Palmesino de Territorial Agency, desplaza el foco desde la forma construida hacia las inmensas fuerzas materiales, energéticas y políticas que la sostienen. Se trata de un ejercicio de arquitectura expandida que invita a considerar la ciudad como un nodo más dentro de la tecnosfera, ese sistema planetario de 30 billones de toneladas de infraestructuras, flujos y residuos que define nuestra era: el Antropoceno. La propuesta se condensa en tres grandes exposiciones-pensamiento —«Fluxes», «Spectres» y «Lighter»— que convergen en una reflexión urgente: cómo habitar un planeta herido sin hundirlo aún más con nuestro peso.
«Fluxes» (MAAT): pensar la ciudad como un sistema en combustión
En el MAAT, «Fluxes» (hasta el 19 de enero) se sumerge en los flujos de materia, energía e información que alimentan la máquina urbana global. La exhibición disecciona la ciudad como un organismo metabólico que consume y excreta a escala planetaria. Lejos de la frialdad de los datos, la muestra integra textos literarios y poesía para construir una experiencia multisensorial que nos enfrenta a la materialidad cruda de nuestra existencia.
Las pantallas que articulan la exposición muestran trabajos que parten de preguntas incisivas: ¿Cómo medir el peso de una ciudad? ¿Qué es un monumento en la era del dato? ¿Podemos contener un río? ¿Son las ciudades sedimento? ¿Cuánto pesa el caos? Son interrogantes que no ofrecen respuestas cerradas, sino que intervienen como vectores de lectura. El visitante, más que mirar obras, se familiariza con problemáticas intrincadas.
Y sin embargo el énfasis no recae en las formas arquitectónicas, sino en los sistemas que las apuntalan —sus materiales, emisiones, las vidas que devoran y los residuos que generan—. Las imágenes de infraestructuras energéticas, nubes de polvo, archivos digitales o masas de petróleo convierten la arquitectura en un dispositivo que acelera y registra los flujos que alimentan la crisis planetaria. A modo de diagnóstico más que de denuncia, «Fluxes» refleja cómo la ciudad ha devenido una máquina de intensificación, un organismo que metaboliza el planeta a un ritmo incompatible con su propia supervivencia.
«Spectres» (MUDE): las tecnologías que visibilizan (y ocultan) el poder
Si «Fluxes» aborda los flujos materiales, «Spectres» (en el MUDE hasta el 11 de enero) examina su visualidad: ¿cómo se capturan, vigilan, modelan y gobiernan los territorios desde la distancia? El recorrido esboza la manera en la que tecnologías de imagen como el LiDAR, el SONAR o la teledetección, lejanas de ser neutrales, heredan y perpetúan lógicas imperiales y coloniales de extracción y control. Hacen visible lo que importa para el capital y opacan lo que no tiene valor en la cadena extractiva. Son los espectros de la modernidad que acechan en cada capa de datos o decisión algorítmica.
Las pantallas del MUDE emiten trabajos construidos a partir de interrogantes incómodos que funcionan como interferencias críticas: ¿Qué es una imagen operativa? ¿Qué es un paisaje natural? ¿Cómo se pesa una frontera? ¿Qué son las infraestructuras de percepción? ¿Cómo ver a través de los edificios? Cada trabajo evidencia que la arquitectura ya no puede limitarse al espacio construido; debe confrontar las infraestructuras invisibles que organizan el planeta.
Una de las piezas más poéticas y a la vez angustiosas es Correspondences, un proyecto continuo del Soundwalk Collective con Patti Smith. La artista pone su voz para preguntarse ¿Cuál es el sonido de la Tierra? En un guiño a Primavera silenciosa de Rachel Carson, la obra analiza los silencios aterradores que dejan los incendios forestales, los glaciares que se derriten y las tormentas violentas, así como el estruendo de la maquinaria extractiva. Es una elegía sonora —acompañada de visuales proyectadas en los muros— que confronta la cacofonía del capitalismo con el inquietante mutis de las especies que se extinguen sin remedio.
La exhibición aborda sin rodeos la dimensión colonial de estas tecnologías. La ciudad, tal como «Spectres» la entiende, es inseparable de los «acres fantasmas» que la sustentan: minas, bosques arrasados, aguas acidificadas, poblaciones desplazadas. En este entramado, la arquitectura opera como aparato que captura datos, modela futuros y consolida desigualdades, mientras lo espectral se manifiesta como aquello que persiste sin cuerpo: las huellas de la modernidad que aún rigen la producción del territorio.
«Lighter» (MAC-CCB): la búsqueda (ética) de la levedad de lo que nos aplasta
Frente a la abrumadora pesadez diagnosticada en las otras expos, «Lighter», hasta el 4 de enero en el MAC/CCB —Museo de Arte Contemporáneo—, se plantea cómo imaginar un mundo más liviano sin caer en la ingenuidad tecnológica. No se trata de soluciones, sino de desvíos posibles dentro de un sistema que tiende a la saturación. Aquí las preguntas vuelven a travestirse de brújulas: ¿Cómo interactuar con la luz? ¿Cuánto contamina tu edificio? ¿Cómo intensificar la biosfera? ¿Quién gobierna el planeta? ¿Cómo regenerar la vida? ¿Qué son los espacios metabólicos? ¿Cómo diseñar con entropía?
Las pantallas proyectan experimentos que buscan modos de habitar sin ocupar, reparar sin colonizar, producir sin agotar. No hay utopías, sino escenarios de fricción: jardines termodinámicos, imaginarios solares, arquitecturas que colaboran con microorganismos, propuestas que reconsideran el metabolismo urbano desde la escala geológica. La ligereza aparece como resistencia al exceso. Menos masa, sí, pero también menos arrogancia, menos extractivismo, menos ficción de control. En definitiva, «Lighter» propone que la arquitectura puede ser una forma de ralentizar el daño, de generar otras alianzas, de reentenderse como una práctica del cuidado en un planeta que no necesita más monumentos, sino más relaciones capaces de sostener la vida.
La trienal demuestra que, hoy, pensar la arquitectura exige moverse más allá de los edificios. Otras exposiciones independientes, en otros puntos de la ciudad, amplían este marco al recalcar que los problemas urbanos ya no se resuelven desde el centro, sino en la periferia conceptual y geográfica donde se juegan las tensiones decisivas del presente.
Al preguntar «¿Cuánto pesa una ciudad?», la Trienal de Arquitectura de Lisboa no se focaliza en un número, sino en una transformación. Expone la dimensión invisible del territorio urbano, abogando por una disciplina que pregunta antes de afirmar, que investiga antes de proyectar, que asume que la ciudad pesa mucho más de lo que parece… y que aligerarla implica repensar tanto sus cimientos como sus espectros, para reinventar radicalmente la manera de habitarla.
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